
Recogimos a la chica en una esquina. Todavía no oscurecía y llegamos justo a la hora acordada, por tanto, a pesar de su discreta vestimenta, la reconocimos de inmediato. Fue Pamela quien la invito a entrar al auto, para darle más confianza. Nos fuimos inmediantamente hacia casa de Jorge, el mejor amigo de Vicente, y con quien Pamela había planeado la sorpresa para Vicente, su novio. La chica era agradable, ni vulgar ni demasiado desinhibida, no cualquiera sospecharía que detrás de su estilizada estampa se escondía algo más que una estudiante universitaria con estrechez económica. En fin, no soy nadie para cuestionarla, cada cual se gana la vida como puede, con sus propias herramientas y talentos. Por mi parte, ya estaba listo para darle su propia despedida de soltera a Pamela, la novia que sería desposada de blanco frente al altar, después de pasar la noche poseída por su más antiguo amante. En el fondo sabía que ni para ella ni para mí aquella noche sería una despedida, por lo tanto estaba tranquilo. Mientras tanto, el novio no sabía que ya le llegaría su noche y su chica de alquiler pagada por su novia. Esto era simbólico: a partir de ahora Pamela sería quién planificaría la vida de Vicente. Y la financiaría también.