
LLegué en el día y a la hora que no debía. Es cierto, como siempre drogado, pero juro que no fue una alucinación: ella se encontraba acompañada de un sacerdote, un sacerdote joven y atractivo, que llevaba un sombrero negro como su túnica. Era medianoche de un sábado de invierno, ellos conversaban animadamente, había complicidad en sus miradas y gran sorpresa al verme llegar. Lo reconozco: siempre sentí repudio por la curia o lo que se pareciera a ello, por eso en ese momento me quedó todo claro: el maldito debía ser la causa de la enfermedad venérea que me había contagiado Angela y que yo expandía día a día por todas partes. Tardé casi un año en darme cuenta lo promiscua y sucia que era. ¡Yo era tan imbécil!, siempre le creía: la encontré alguna vez con un "primo" enyesado a altas horas de la noche y otra vez con el rector de la universidad en su oficina, casi de noche y fumando marihuana ambos. Angela, Angela, que ridículo: una verdadera puta con nombre celestial: ¡maldito demonio! ¡maldita puta!








